¿Qué ocurre con la sempiterna “guerra de sexos”? Mientras que hombres y mujeres se aman a diario, viven y trabajan juntos en aparente coexistencia pacífica, el resentimiento subterráneo, enfado y rabia aflora a la superficie en erupciones sexuales de tensión verbal y, en ocasiones, incluso con violencia. ¿Qué es lo que estimula ese antagonismo entre sexos?
Me puse en ello por primera vez hace 12 años en un capítulo de uno de mis libros.
El asunto –o como mínimo mi particular opinión sobre el mismo—provocó tal controversia que mi, por lo general, atrevido editor consideró la posibilidad de excluir el capítulo, aunque finalmente acordamos publicar una versión un tanto bajada de tono.
Dos de los puntos centrales en ese capítulo consistían en que la animosidad existe claramente entre los dos sexos, una cierta rabia encubierta que prevalece en todas las esferas sociales y afecta negativamente en las relaciones íntimas entre hombres y mujeres. Lo que subyace y da pábulo a esa hostilidad entre géneros es un miedo y consiguiente ansiedad inconsciente hacia el sexo opuesto.
El miedo es un factor fundamental en la génesis de la rabia, angustia y violencia en general. Eso que nos da miedo rápidamente se convierte en lo que nos obsesiona y angustia y da lugar al aforismo “La mejor defensa es un buen ataque”. He aquí nuestro miedo primordial hacia el sexo opuesto o más arquetípicamente hablando: miedo del hombre hacia lo femenino y miedo de la mujer hacia lo masculino.
La ansiedad a la castración da información sobre el miedo primordial del hombre y la hostilidad que genera hacia la mujer. En psicología, la castración es un miedo masculino primitivo a perder su propio poder. En una de sus teorías más controvertidas, el complejo de castración, Freud especuló en cuanto que los niños, ante su primera exposición a los genitales femeninos concluyen que una vez poseían un pene que por algún mal comportamiento, se les extirpó. Por razones obvias esa creencia genera ansiedad, especialmente durante el periodo de Complejo de Edipo, cuando la sexualidad en potencia del niño se dirige hacia la madre y se ve amenazada con la castración imaginaria por parte del padre. Esta asociación traumática en la niñez entre sexualidad y castración permanece en adelante manifestando un miedo inconsciente hacia las mujeres y todo lo femenino
El concepto de Freud de la ansiedad de la castración no debe tomarse en su sentido literal pero tiene un sentido perfecto hablando simbólica y metafóricamente. Para la mayoría de los hombres este típicamente inconsciente complejo de castración es lo que estimula la hostilidad hacia las mujeres y genera rabia. Es lo que Erich Neumann describe como “miedo a lo femenino”.
El Dr. Neumann, alumno de C.G. Jung, sugiere que los chicos, en el proceso de separación psicológica de su madre para establecer un “ego” o la identidad masculina propia, empiezan a percibir las cualidades “femeninas” de la madre como amenazantes. En un normal desarrollo, escribe Newmann, el chico suele, en ocasiones, rechazar lo “femenino” y aprende a identificarse en su lugar con el padre, intercambiando su fidelidad a los valores del matriarcado femenino al patriarcado masculino.
En la edad adulta y debido, en principio, al poder sexual femenino ejercido biológicamente–conectado con el concepto comparativo de la naturaleza, el inconsciente y el reino de la intuición, instinto y emoción—despierta en el hombre una mezcla de fascinación, miedo y sentimiento de estar a la defensiva.
Pero lo que Neumann elude es el miedo de lo masculino de las mujeres. Para las chicas—que no necesitan esa separación de la madre—ésta proporciona una identidad femenina, ego, o sentido de proceso de comportamiento y psicológico de espejo y modelo. Esta identificación exclusiva en las chicas hacia la madre y lo femenino tiende a amplificar el miedo de lo masculino—y a los hombres. Los hombres y los valores masculinos suelen proporcionar connotaciones algo extrañas y ajenas creando en las féminas una clase de xenofobia sexual, un miedo inconsciente y en ocasiones defensivo de fertilidad potencial, todopoderosa, principio masculino de penetración del hombre. En los casos en que la mujer ha rechazado el valor de lo femenino—puede ver quizá la feminidad de la madre como debilidad o negatividad—temen y resienten la masculinidad del hombre que podría estimular su feminidad reprimida, o cuando los límites y el ego son frágiles, el temor a perderse en una relación genera defensas en forma de rechazo sutil de cualquier relación íntima potencial con hombres y lo masculino.
Las defensas narcisistas son especialmente problemáticas entre sexos. A todos nos han herido emocionalmente como niños en algunas ocasiones e inconscientemente hemos acarreado la experiencia hacia las relaciones adultas. Enfado, resentimiento, hostilidad o terquedad nos evitan un mayor perjuicio, pero quizá excluye la posibilidad de una verdadera intimidad. Cuando la rabia narcisista del niño interior herido crepita debajo de una relación, el efecto se convierte en una especie de alambre de púas que se va encadenando entre dos personas, una hoja de afeitar afilada que corta el alambrado defensivo construido por el miedo, la pena, la rabia y el resentimiento.
La atracción sexual y el amor pueden experimentarse como una aterrorizante pérdida de poder y control para ambos sexos: la entrega o intimidad sexual requiere una disminución de defensas, una renuncia valiente de control, una predisposición a la vulnerabilidad al riesgo emocional y tolerancia a la ansiedad sobre la incursión inevitable a la intimidad.
Para ambos géneros existe un miedo innato de tales encuentros así como la atracción hacia ellos. Ambos tememos y deseamos ser irrevocablemente afectados –en un sentido psicológico “infectados”—por el otro misterioso. Pero a menudo, una vez afectados, intentamos manipular el comportamiento del ser amado mediante la creencia errónea de que al hacerlo podremos controlar nuestros propios demonios.
Al finalizar del día, hombres y mujeres necesitamos ser más despiertos psicológicamente sobre nuestras aprensiones mutuas, desconfianzas y animosidades para comunicarnos. La proyección de culpa de unos sobre otros de nuestros miedos al sexo, amor e intimidad simplemente no funciona. En la psicología de Jung, la confrontación de ánima o ánimus—interiorización masculina en las féminas o femenina en hombres—es la clave.
Saber nuestras propias complejidades, miedos de intimidad y mecanismos de defensa en contra unos de otros en un campo terapéutico, es crucial. Tenerlo pues en cuenta hacia un petulante compañero miedoso que actúa a la defensiva contra la intimidad—sin tomarlo personalmente—no tiene precio.
Pshycology Today
Dr. Stephen A. Diamond
09 enero 2009
05 diciembre 2008
Beber y ansiedad alrededor del mundo
Esta primavera he tenido la oportunidad de observar las diferentes formas de ingerir alcohol en diferentes áreas culturales: Canadá, Irlanda y Portugal/España. El uso del alcohol –y sus consecuencias- no podrían ser más distintos dependiendo de cada lugar.
Mientras que algunos colegas psicólogos enfatizan en el hecho de que la humanidad se comporta del mismo modo a través de la historia y alrededor del globo, me inclino a pensar de forma muy distinta. La forma de beber y sus consecuencias en cuanto a ansiedad en estos tres lugares son mundos aparte, casi como si las personas perteneciesen a especies diferentes.
En Canadá.-
Conocí a personas viviendo en circunstancias casi precarias en valles maravillosos. En general, no existía familia que no estuviese afectada por el abuso de alcohol (y drogas) afrontados todos ellos a los mismos problemas que las personas residentes en naciones del primer mundo. Incluso algunos educadores me describieron vidas de hermanos en una misma familia totalmente hundidas por las adicciones.
Y lo que es peor y más sorprendente incluso cuando la generación de más edad logró integrarse con éxito, sus hijos cayeron en la adicción. En ocasiones, el abismo cultural y la ansiedad que genera la sociedad occidental parece insalvable—la separación total es también imposible, más aún en la era electrónica moderna. En este contexto, la única alternativa a la adicción es la abstinencia total—nunca se me ofreció una bebida alcohólica mientras estuve allí.
En Irlanda.-
El cambio también está en marcha. La vida moderna de los pubs continua, pero con algunos cambios para bien y para mal. Aunque para un americano los hay en todas partes, los nativos más ancianos describen su situación como en declive. En los centros urbanos éstos se han convertido en locales de entretenimiento—con pantallas de video por todas partes- con el propósito de atraer a los más jóvenes y consumidores de fin de semana.
La forma de beber irlandesa es profundamente ambivalente: el pescador como salida para olvidar las preocupaciones y la ansiedad de la vida cotidiana y, por otra parte, en las últimas horas de la noche--en una charla de escritores a la que acudí-- los pubs se llenaron de una convivencia bulliciosa.
Pero hay consecuencias. Para una escritora, bebedora de cerveza, aquellos que se sientan en un pub durante toda la noche dejan también solos en casa a sus familias. Al propio tiempo, un taxista me dijo que había dejado de beber a la vez que recordó las interminables noches con vecinos y amigos en el pub local. Reconoció la existencia de alcoholismo en Irlanda pero al mismo tiempo lo definió como un elemento aglutinador de la población irlandesa. Un considerable número de líderes políticos irlandeses son propietarios de estos establecimientos.
En España y Portugal
El alcohol es visto como un placer aceptado en todas las situaciones de la vida social. Negarse a beber vino durante o un licor después de una buena y abundante comida es casi incomprensible, incluso hablando de los adolescentes. Al contrario de los demás países, no observé ni oí acerca de gente que bebiera en exceso específicamente y exclusivamente por el simple hecho de beber.
¿Qué nos dice todo ello sobre el alcohol, las drogas o abuso de sustancias en los humanos?
En realidad, la actitud y el comportamiento hacia incluso las sustancias más potentes son infinitamente flexibles. Las formas de pensar y ser ante el uso de sustancias parecen ser ordenadas por la naturaleza y lo que es bueno para unos es inadmisible para otros.
Los seres humanos no son buenos en imaginar formas de vida diferentes a la propia y parafraseando a George Bernard Shaw, “el bárbaro es el que confunde las costumbres de su propia isla por las de las leyes del universo”.
Por Stanton Peele en Addiction in Society
Mientras que algunos colegas psicólogos enfatizan en el hecho de que la humanidad se comporta del mismo modo a través de la historia y alrededor del globo, me inclino a pensar de forma muy distinta. La forma de beber y sus consecuencias en cuanto a ansiedad en estos tres lugares son mundos aparte, casi como si las personas perteneciesen a especies diferentes.
En Canadá.-
Conocí a personas viviendo en circunstancias casi precarias en valles maravillosos. En general, no existía familia que no estuviese afectada por el abuso de alcohol (y drogas) afrontados todos ellos a los mismos problemas que las personas residentes en naciones del primer mundo. Incluso algunos educadores me describieron vidas de hermanos en una misma familia totalmente hundidas por las adicciones.
Y lo que es peor y más sorprendente incluso cuando la generación de más edad logró integrarse con éxito, sus hijos cayeron en la adicción. En ocasiones, el abismo cultural y la ansiedad que genera la sociedad occidental parece insalvable—la separación total es también imposible, más aún en la era electrónica moderna. En este contexto, la única alternativa a la adicción es la abstinencia total—nunca se me ofreció una bebida alcohólica mientras estuve allí.
En Irlanda.-
El cambio también está en marcha. La vida moderna de los pubs continua, pero con algunos cambios para bien y para mal. Aunque para un americano los hay en todas partes, los nativos más ancianos describen su situación como en declive. En los centros urbanos éstos se han convertido en locales de entretenimiento—con pantallas de video por todas partes- con el propósito de atraer a los más jóvenes y consumidores de fin de semana.
La forma de beber irlandesa es profundamente ambivalente: el pescador como salida para olvidar las preocupaciones y la ansiedad de la vida cotidiana y, por otra parte, en las últimas horas de la noche--en una charla de escritores a la que acudí-- los pubs se llenaron de una convivencia bulliciosa.
Pero hay consecuencias. Para una escritora, bebedora de cerveza, aquellos que se sientan en un pub durante toda la noche dejan también solos en casa a sus familias. Al propio tiempo, un taxista me dijo que había dejado de beber a la vez que recordó las interminables noches con vecinos y amigos en el pub local. Reconoció la existencia de alcoholismo en Irlanda pero al mismo tiempo lo definió como un elemento aglutinador de la población irlandesa. Un considerable número de líderes políticos irlandeses son propietarios de estos establecimientos.
En España y Portugal
El alcohol es visto como un placer aceptado en todas las situaciones de la vida social. Negarse a beber vino durante o un licor después de una buena y abundante comida es casi incomprensible, incluso hablando de los adolescentes. Al contrario de los demás países, no observé ni oí acerca de gente que bebiera en exceso específicamente y exclusivamente por el simple hecho de beber.
¿Qué nos dice todo ello sobre el alcohol, las drogas o abuso de sustancias en los humanos?
En realidad, la actitud y el comportamiento hacia incluso las sustancias más potentes son infinitamente flexibles. Las formas de pensar y ser ante el uso de sustancias parecen ser ordenadas por la naturaleza y lo que es bueno para unos es inadmisible para otros.
Los seres humanos no son buenos en imaginar formas de vida diferentes a la propia y parafraseando a George Bernard Shaw, “el bárbaro es el que confunde las costumbres de su propia isla por las de las leyes del universo”.
Por Stanton Peele en Addiction in Society
21 noviembre 2008
El lugar de residencia puede reducir la ansiedad
Un estudio indicó que los muchachos que se trasladan de vecindario con mayores posibilidades mejoran también su salud mental, de acuerdo con recientes investigaciones llevadas a cabo por los doctores Tama Leventhal, y Jeanne Brooks-Gunn, del National Center for Children and Families at Columbia University in New York. Sus estudios se han publicado en la revista American Journal of Public Health.
"Traslado hacia la oportunidad", un proyecto esponsorizado por el Department of Housing and Urban Development en Baltimore, Boston, Chicago, Los Angeles y New York, escogió familias que vivían en viviendas de protección oficial en barrios con promedios de pobreza que excedían del 40% en tres grupos seleccionados al azar.
El primer grupo recibió ayudas para pagar el alquiler en un mercado privado, pero solamente utilizables en áreas donde menos del 10% de los residentes tuvieran escasos recursos. También recibieron asistencia especial para realizar el traslado.
Un segundo grupo recibió ayudas para cambiar de vecindario a su elección, con tendencia a elegir un vecindario de una pobreza moderada. El tercer grupo no recibió ayudas y permanecieron en viviendas de protección oficial en barrios de deficientes recursos.
El proyecto se inició en 1994 y Leventhal y Brooks-Gunn entrevistaron a 550 familias en New York City entre 1998 y 2000. Más del 90% de la unidad familiar eran mujeres, la mitad americanos africanos y un 45% latinos. Su edad promedio fue de 35 años.
Los padres del primer grupo informaron haber experimentado menos trastornos físicos y sociales (suciedad, fenómenos de abuso de bebida, así como de tráfico y consumo de drogas) y más satisfacción en comparación con el grupo que no se trasladó. Demostraron tener también menos síntomas de trastornos ansiosos y depresión y sus hijos informaron tener menos tendencia a sufrir problemas relacionados con los mismos.
Los del grupo segundo que recibieron ayudas para adaptarse al barrio de su elección lo hicieron a un barrio mejor, aunque las diferencias fueron sólo la mitad de satisfactorias que los que procedían del grupo que se trasladaron a un vecindario con bajos promedios de pobreza. Ambos (padres e hijos) mostraron una ligera mejoría en salud mental comparados con el grupo que no se trasladó, pero no tanto como el primer grupo.
Los muchachos mejoraron los estándares de salud mental, aunque las investigaciones demostraron mayores diferencias en los grupos con respecto a las muchachas. Se especuló que las chicas pueden haber estado de algún modo más protegidas de los efectos del vecindario.
Mientras que "Traslado hacia la oportunidad" pareció aportar efectos beneficiosos en cuanto a salud mental y ansiedad, según Leventhal y Brooks-Gunn, no tuvo efecto en el empleo de los padres, bienestar o ingresos. Las ventajas de trasladarse a un vecindario de menor pobreza puede originar una reducción de trastornos mentales o violencia o mejorar los recursos en cuanto a comunidad—mejores escuelas, servicios sanitarios, construcción, parques e instalaciones deportivas.
American Journal of Public Health
"Traslado hacia la oportunidad", un proyecto esponsorizado por el Department of Housing and Urban Development en Baltimore, Boston, Chicago, Los Angeles y New York, escogió familias que vivían en viviendas de protección oficial en barrios con promedios de pobreza que excedían del 40% en tres grupos seleccionados al azar.
El primer grupo recibió ayudas para pagar el alquiler en un mercado privado, pero solamente utilizables en áreas donde menos del 10% de los residentes tuvieran escasos recursos. También recibieron asistencia especial para realizar el traslado.
Un segundo grupo recibió ayudas para cambiar de vecindario a su elección, con tendencia a elegir un vecindario de una pobreza moderada. El tercer grupo no recibió ayudas y permanecieron en viviendas de protección oficial en barrios de deficientes recursos.
El proyecto se inició en 1994 y Leventhal y Brooks-Gunn entrevistaron a 550 familias en New York City entre 1998 y 2000. Más del 90% de la unidad familiar eran mujeres, la mitad americanos africanos y un 45% latinos. Su edad promedio fue de 35 años.
Los padres del primer grupo informaron haber experimentado menos trastornos físicos y sociales (suciedad, fenómenos de abuso de bebida, así como de tráfico y consumo de drogas) y más satisfacción en comparación con el grupo que no se trasladó. Demostraron tener también menos síntomas de trastornos ansiosos y depresión y sus hijos informaron tener menos tendencia a sufrir problemas relacionados con los mismos.
Los del grupo segundo que recibieron ayudas para adaptarse al barrio de su elección lo hicieron a un barrio mejor, aunque las diferencias fueron sólo la mitad de satisfactorias que los que procedían del grupo que se trasladaron a un vecindario con bajos promedios de pobreza. Ambos (padres e hijos) mostraron una ligera mejoría en salud mental comparados con el grupo que no se trasladó, pero no tanto como el primer grupo.
Los muchachos mejoraron los estándares de salud mental, aunque las investigaciones demostraron mayores diferencias en los grupos con respecto a las muchachas. Se especuló que las chicas pueden haber estado de algún modo más protegidas de los efectos del vecindario.
Mientras que "Traslado hacia la oportunidad" pareció aportar efectos beneficiosos en cuanto a salud mental y ansiedad, según Leventhal y Brooks-Gunn, no tuvo efecto en el empleo de los padres, bienestar o ingresos. Las ventajas de trasladarse a un vecindario de menor pobreza puede originar una reducción de trastornos mentales o violencia o mejorar los recursos en cuanto a comunidad—mejores escuelas, servicios sanitarios, construcción, parques e instalaciones deportivas.
American Journal of Public Health
06 noviembre 2008
Qué saben los bebés sobre ansiedad y algo más…
Mientras Daniel está sentado en su sillita detrás de la pantalla oscura un repentino gesto de preocupación se aprecia en sus cejas de 9 meses. Sus ojos buscan la tranquilizadora imagen de su madre. Ella le llama y hace ruidos suaves, pero los sentidos de Daniel le están diciendo que algo inusual sucede produciéndole ansiedad. Se pone el dedo pulgar en la boca para calmarse pero como no lo consigue, su boca se contrae y su cuerpo se pone en tensión. Su mamá le coge, le tranquiliza y dos minutos después Daniel vuelve a su sillita detrás de la pantalla oscura en “Babylab” (laboratorio de bebés) una unidad creada en 2005 en la Universidad de Manchester al norte de Inglaterra que investiga cómo piensan, sienten y canalizan su ansiedad los bebés.
Al ver a un conjunto de bebés, sus sentidos, emociones y habilidades motoras, el estudio toma forma; es una fuente de misterio y un sinfín de conocimientos fascinantes –al menos por lo que se refiere a los padres y psicólogos en cuanto a su desarrollo. Podemos codificar sus signos de disgusto, ansiedad o leer millones de mensajes en sus primeras sonrisas. Pero ¿qué es lo que sabemos sobre lo que se esconde detrás de esos grandes e inocentes ojos?
¿Qué parte de su comprensión y respuesta al mundo viene precargada en el momento del nacimiento y cuánto es producto de la experiencia? Estas son las preguntas que se exploran en el “laboratorio de bebés”. Si bien se ha efectuado el estudio a niños de 18 meses y sólo a 100 de ellos, en la actualidad ya existe una corriente de pensamiento sobre lo que los bebés saben y cómo llegan a saberlo.
Daniel está ahora absorto viendo una cinta de video en la que aparece un tren rojo de juguete en un tramo de vías circular. El tren desaparece en un túnel y vuelve a salir por el otro lado. Un dispositivo oculto encima de la pantalla está siguiendo los ojos de Daniel mientras sigue el tren, midiendo el diámetro de sus pupilas 50 veces por segundo. A medida que el niño se aburre o se “habitúa” como los psicólogos llaman al proceso, su atención decae, pero vuelve a remontar siempre que se introduzca una novedad. El tren podría ser verde o azul, pero en ocasiones algo imposible ocurre y el tren entra en el túnel de un color y sale de otro, adquiriendo por ejemplo el color rojo.
Variaciones de este tipo, examinando siempre la reacción del niño, ha sido una herramienta estándar del desarrollo psicológico desde los pioneros suizos en este campo, Jean Piaget, que empezó sus experimentos en los años 20. Su trabajo le encaminó hacia el convencimiento de que los bebés antes de los 9 meses no tienen conocimiento innato de cómo funciona el mundo o ningún sentido de “permanencia de objeto” (que la gente y las cosas todavía existen incluso si no son vistas). En su lugar, los bebés deben construir gradualmente este conocimiento a partir de la experiencia. Las teorías “constructivistas” de Piaget fueron masivamente influyentes en educadores y psicólogos de la post-guerra, pero en los últimos veinte años han sido “aparcadas” por una nueva generación de psicólogos y de ciencias cognitivas cuyos sofisticados experimentos les han conducido a teorizar sobre el hecho de que los bebés llegan ya equipados con alguna clase de conocimiento sobre el mundo físico e incluso programación rudimentaria sobre matemática y lenguaje. El director de “Babylab” Sylvain Sirois ha desarrollado estas espectaculares teorías sobre bebés a través de rigurosas pruebas.
Lo que Sirois y su colaborador Iain Jackson han realizado es la interpretación de una variedad de experimentos clásicos iniciados a mediados de los años 80 en los que se presentaban a los bebés eventos físicos que parecían contradecir conceptos básicos como la gravedad, solidez y continuidad. En la Universidad de Illinois, el psicólogo Renée Baillargeon, realizó un experimento en el que un panel de madera parecía pasar a través de una caja. Baillargeon y Elizabeth Spelke observaron que los bebés de 3 meses y medio prestaban más atención al acontecimiento imposible que a uno normal. Su conclusión fue la de que: los bebés disponen ya de conocimientos incorporados que les permiten reconocer si algo va mal, lo que les provoca ansiedad.
Sirois no toma partido acerca de la forma en que se realiza el experimento “los métodos son más o menos correctos, el problema es la interpretación que se les da”, dice. En una revisión crítica publicada recientemente en el European Journal of Developmental Psychology, tanto él como Jackson vierten un jarro de agua fría sobre los recientes ensayos que afirman haber observado habilidades sociales cognitivas innatas o precoces en bebés. Sus propios experimentos indican que la fascinación provocada por eventos físicamente imposibles reflejan simplemente una respuesta a estímulos nuevos. Los datos sobre el seguimiento del ojo y la dimensión de las pupilas (que se hacen más grandes en respuesta a acontecimientos que despiertan interés y proporcionan excitación de alguna forma) demuestran que sucesos imposibles involucrando objetos familiares no despiertan más atención que aquellos que son posibles pero que involucran objetos nuevos. En otras palabras, cuando Daniel haya visto el tren rojo salir del túnel varias veces estará tan aburrido como antes viendo el tren del mismo color entrar y salir.
El error en las investigaciones anteriores, dice Sirois, ha sido el llegar a la conclusión de que los niños pueden entender el concepto de una imposibilidad partiendo del hecho de que son capaces de percibir una novedad en ésta. “La explicación real es el aburrimiento”, indica.
Así pues, ¿cómo los niños pasan de jugar a las escondidas a dibujar—tarea que la hermana de Daniel de 2 años y medio realiza a la perfección mientras espera a su hermano? “Los niños deben aprenderlo todo, pero como Piaget dice, empiezan con algunos reflejos primitivos que les permiten hacer cosas, indica Sirois. Por ejemplo, existe un sistema intuitivo en el cerebro que dirige los ojos de los bebés hacia la cara humana. Partiendo de los estudios imaginación-cerebro también sabemos que el cerebro tiene una especie de compartimiento intermedio que continúa representando objetos después de haber sido eliminados del objetivo visual—una percepción duradera más que una comprensión conceptual, por lo que cuando los bebés encuentran novedades o acontecimientos inesperados, explica Sirois, “hay un desajuste entre ese compartimiento y la información obtenida en ese momento y lo que hacemos cuando aparece éste es tratar de aclararlo y eso hace que se preste atención. “Aprender, dice Sirois, es esencialmente el trabajo laborioso de resolver desajustes. La verdad es que se puede hacer muchísimo con ese órgano húmedo y pegajoso que denominamos cerebro. Es una máquina de aprendizaje fantástica”.
El examen de Daniel finaliza, coge un tigre de plástico y lo mordisquea en la cabeza, sonríe como si estuviese de acuerdo.
Time
Health & Science
Al ver a un conjunto de bebés, sus sentidos, emociones y habilidades motoras, el estudio toma forma; es una fuente de misterio y un sinfín de conocimientos fascinantes –al menos por lo que se refiere a los padres y psicólogos en cuanto a su desarrollo. Podemos codificar sus signos de disgusto, ansiedad o leer millones de mensajes en sus primeras sonrisas. Pero ¿qué es lo que sabemos sobre lo que se esconde detrás de esos grandes e inocentes ojos?
¿Qué parte de su comprensión y respuesta al mundo viene precargada en el momento del nacimiento y cuánto es producto de la experiencia? Estas son las preguntas que se exploran en el “laboratorio de bebés”. Si bien se ha efectuado el estudio a niños de 18 meses y sólo a 100 de ellos, en la actualidad ya existe una corriente de pensamiento sobre lo que los bebés saben y cómo llegan a saberlo.
Daniel está ahora absorto viendo una cinta de video en la que aparece un tren rojo de juguete en un tramo de vías circular. El tren desaparece en un túnel y vuelve a salir por el otro lado. Un dispositivo oculto encima de la pantalla está siguiendo los ojos de Daniel mientras sigue el tren, midiendo el diámetro de sus pupilas 50 veces por segundo. A medida que el niño se aburre o se “habitúa” como los psicólogos llaman al proceso, su atención decae, pero vuelve a remontar siempre que se introduzca una novedad. El tren podría ser verde o azul, pero en ocasiones algo imposible ocurre y el tren entra en el túnel de un color y sale de otro, adquiriendo por ejemplo el color rojo.
Variaciones de este tipo, examinando siempre la reacción del niño, ha sido una herramienta estándar del desarrollo psicológico desde los pioneros suizos en este campo, Jean Piaget, que empezó sus experimentos en los años 20. Su trabajo le encaminó hacia el convencimiento de que los bebés antes de los 9 meses no tienen conocimiento innato de cómo funciona el mundo o ningún sentido de “permanencia de objeto” (que la gente y las cosas todavía existen incluso si no son vistas). En su lugar, los bebés deben construir gradualmente este conocimiento a partir de la experiencia. Las teorías “constructivistas” de Piaget fueron masivamente influyentes en educadores y psicólogos de la post-guerra, pero en los últimos veinte años han sido “aparcadas” por una nueva generación de psicólogos y de ciencias cognitivas cuyos sofisticados experimentos les han conducido a teorizar sobre el hecho de que los bebés llegan ya equipados con alguna clase de conocimiento sobre el mundo físico e incluso programación rudimentaria sobre matemática y lenguaje. El director de “Babylab” Sylvain Sirois ha desarrollado estas espectaculares teorías sobre bebés a través de rigurosas pruebas.
Lo que Sirois y su colaborador Iain Jackson han realizado es la interpretación de una variedad de experimentos clásicos iniciados a mediados de los años 80 en los que se presentaban a los bebés eventos físicos que parecían contradecir conceptos básicos como la gravedad, solidez y continuidad. En la Universidad de Illinois, el psicólogo Renée Baillargeon, realizó un experimento en el que un panel de madera parecía pasar a través de una caja. Baillargeon y Elizabeth Spelke observaron que los bebés de 3 meses y medio prestaban más atención al acontecimiento imposible que a uno normal. Su conclusión fue la de que: los bebés disponen ya de conocimientos incorporados que les permiten reconocer si algo va mal, lo que les provoca ansiedad.
Sirois no toma partido acerca de la forma en que se realiza el experimento “los métodos son más o menos correctos, el problema es la interpretación que se les da”, dice. En una revisión crítica publicada recientemente en el European Journal of Developmental Psychology, tanto él como Jackson vierten un jarro de agua fría sobre los recientes ensayos que afirman haber observado habilidades sociales cognitivas innatas o precoces en bebés. Sus propios experimentos indican que la fascinación provocada por eventos físicamente imposibles reflejan simplemente una respuesta a estímulos nuevos. Los datos sobre el seguimiento del ojo y la dimensión de las pupilas (que se hacen más grandes en respuesta a acontecimientos que despiertan interés y proporcionan excitación de alguna forma) demuestran que sucesos imposibles involucrando objetos familiares no despiertan más atención que aquellos que son posibles pero que involucran objetos nuevos. En otras palabras, cuando Daniel haya visto el tren rojo salir del túnel varias veces estará tan aburrido como antes viendo el tren del mismo color entrar y salir.
El error en las investigaciones anteriores, dice Sirois, ha sido el llegar a la conclusión de que los niños pueden entender el concepto de una imposibilidad partiendo del hecho de que son capaces de percibir una novedad en ésta. “La explicación real es el aburrimiento”, indica.
Así pues, ¿cómo los niños pasan de jugar a las escondidas a dibujar—tarea que la hermana de Daniel de 2 años y medio realiza a la perfección mientras espera a su hermano? “Los niños deben aprenderlo todo, pero como Piaget dice, empiezan con algunos reflejos primitivos que les permiten hacer cosas, indica Sirois. Por ejemplo, existe un sistema intuitivo en el cerebro que dirige los ojos de los bebés hacia la cara humana. Partiendo de los estudios imaginación-cerebro también sabemos que el cerebro tiene una especie de compartimiento intermedio que continúa representando objetos después de haber sido eliminados del objetivo visual—una percepción duradera más que una comprensión conceptual, por lo que cuando los bebés encuentran novedades o acontecimientos inesperados, explica Sirois, “hay un desajuste entre ese compartimiento y la información obtenida en ese momento y lo que hacemos cuando aparece éste es tratar de aclararlo y eso hace que se preste atención. “Aprender, dice Sirois, es esencialmente el trabajo laborioso de resolver desajustes. La verdad es que se puede hacer muchísimo con ese órgano húmedo y pegajoso que denominamos cerebro. Es una máquina de aprendizaje fantástica”.
El examen de Daniel finaliza, coge un tigre de plástico y lo mordisquea en la cabeza, sonríe como si estuviese de acuerdo.
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